Porque me daba vergüenza. La mayoría de la gente pensaba que la depresión era una enfermedad mental y que por lo tanto yo era una chalada a la que tenían que hablar despacio y evitar siempre que fuera posible. O creían que la depresión no existía, y que no era más que un ambiguo concepto neurótico, una versión moderna del «estar mal de los nervios», que como todo el mundo sabe quiere decir «siente lástima de sí misma sin motivo aparente». Creían que era una quejica que se regodeaba con una angustia adolescente caducada. Y que lo que tenía que hacer era «reunir acopio de valor» y «dejarme de tonterías» y «animarme».
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